Hubo un momento en el que subir una cuesta me dejaba sin aire. Y no porque estuviera enfermo, sino porque había dejado de cuidarme sin darme cuenta.
Quienes me conocen saben que el deporte ha estado presente en mi vida desde siempre. Desde muy pequeño he jugado a todo lo que se me ponía por delante: con un balón en los pies, en las manos o con cualquier tipo de raqueta. He pasado más horas de las que recuerdo en polideportivos, casi siempre acompañado por mi padre, recorriendo Goierri de punta a punta.
De pequeño, como la mayoría de los niños, haces deporte sin pensar demasiado en nada. Juegas, corres, entrenas y el cuerpo responde. No te preguntas si es bueno para ti ni si te está cuidando; simplemente te mueves. Entrenas sin miedo a lesionarte y das por hecha una salud que parece infinita. El cuerpo responde solo y asumimos que siempre va a ser así.
Cuando el cuerpo deja de responder
El problema llega cuando dejas de hacer deporte durante una temporada larga. Es entonces cuando empiezas a notar su ausencia. No hablo solo de la apariencia física, que también puede convertirse en un quebradero de cabeza cuando empiezan a sobrar kilos, sino de todo lo demás.
Vengo de una época en la que dejé de hacer deporte completamente y comía muy mal. Sin darme cuenta, empecé a engordar más de la cuenta. En dos años cogí más de 17 kilos. No fue algo de un día para otro, fue progresivo, casi silencioso.
Y es ahí cuando me di cuenta de todo lo que vengo comentando. Antes el cuerpo respondía solo. No pensabas en él, simplemente estaba. Pero llegó un momento en el que empecé a notar cosas que nunca había tenido en cuenta: me ahogaba subiendo cuestas, me cansaba antes de lo normal, me costaba más levantarme del sofá, dormir bien ya no era tan fácil y cualquier esfuerzo mínimo parecía mayor de lo que debería.
El deporte era algo más
Pero lo que más he echado de menos en todo este proceso no ha sido solo lo físico. He echado de menos lo que rodeaba al deporte. En el Ordizi, por ejemplo, ir a entrenar era mucho más que competir o mejorar físicamente. Era compartir tiempo, rutina y vida con amigos. Era un espacio que me ordenaba la semana y, sin darme cuenta, también la cabeza.
Hay una parte del deporte de la que casi nunca se habla y que, cuando desaparece, se nota incluso más que el cansancio físico: la gente. El simple hecho de coincidir con los mismos de siempre, sin necesidad de quedar, sin tener que forzar nada. Llegar a entrenar y saber quién va a estar, intercambiar cuatro frases antes de empezar, comentar cualquier tontería mientras te atas las zapatillas.
Coincidir también es cuidarse
El entrenamiento era una excusa. Una excusa para verse, para compartir una rutina que no exigía grandes conversaciones. Bastaba con estar. Con coincidir tres-cuatro veces por semana, con compartir esfuerzos y bromas repetidas. Ese tipo de vínculo no se construye de golpe, se va haciendo solo, casi sin darte cuenta.
Cuando dejas el deporte, también pierdes eso. No de manera brusca, sino poco a poco. Dejas de coincidir, dejas de saber de algunos, las conversaciones se espacian y las relaciones se vuelven más frágiles. No porque no haya cariño, sino porque ya no existe ese punto fijo que os juntaba. Mantener amistades sin espacios comunes cuesta más de lo que parece.
Y quizá lo peor es perder esa sensación de avance. De estar construyendo algo, aunque no supieras muy bien qué. El deporte te da estructura, propósito y una excusa para exigirte un poco más cada día. Cuando desaparece, ese vacío se nota más de lo que parece.

Por todo eso, el deporte siempre ha sido algo esencial para mí. No porque me haga rendir más ni porque me acerque a ningún objetivo concreto, sino porque me equilibra. Me da esa paz mental de haber cumplido conmigo mismo, de haber hecho algo por mí, aunque sea poco.
Muchas de las amistades que tengo hoy han nacido gracias al deporte, casi sin buscarlo. Supongo que cualquiera que haya practicado un deporte de equipo entiende de lo que hablo. Porque al final no se trata solo de moverte, sino de todo lo que pasa alrededor mientras lo haces.
Lo que te cuidaba sin que lo supieras
Con el tiempo he entendido que no dejé de hacer deporte solo por falta de tiempo o de ganas. Dejé de hacerlo porque di por hecho que todo lo que me aportaba iba a seguir ahí sin cuidarlo. El cuerpo, las rutinas, la gente, la sensación de estar avanzando… nada de eso es automático. Hay que sostenerlo. Y quizá crecer también va de eso: de darte cuenta de qué cosas te estaban cuidando cuando no prestabas atención, y decidir, aunque sea tarde, volver a hacerles un hueco.