Irte fuera, seas de donde seas, te cambia. Respiras el mismo aire, caminas por calles parcidas, pero todo funciona distinto. La forma de hablar, de comer, de quedar con la gente… Cosas que antes normalizabas, desaparecen de la noche a la mañana.
Y hasta que no sales, ni te das cuenta de que existían.
Ser vasco fuera de Euskadi
Mudarte no tiene por qué ser algo duro si vas con la mente abierta. Al contrario. Te obliga a adaptarte, a escuchar más, a entender otras maneras de vivir. Te hace más tolerante y más empático casi sin querer. Sales de tu burbuja. Y cuando sales, empiezas a comparar. No para juzgar, sino para entenderte mejor a ti mismo.
Nunca he sido de banderas ni de discursos patrióticos. Los que me conocen lo saben. No me verás presumiendo de identidad ni explicando tradiciones a todo el mundo. De hecho, muchas veces he sentido justo lo contrario: cierta distancia con ese orgullo exagerado que a veces se respira por nuestro pasado.
Pero irme fuera me ha hecho darme cuenta de algo curioso. Aunque no lo aparente, estoy bastante unido a mi casa. Mucho más de lo que pensaba. La cuadrilla, salir a potear, el verde constante de los paisajes o cruzar el pueblo y encontrarte media vida por la calle, cosas muy básicas que he podido echar de menos estando fuera.
Hasta el euskera, que aunque no lo hable perfecto, y lo use poco, inconscientemente forma parte de como pienso. De como recuerdo mi infancia. Un sonido que asocio a estar en Ordizi, en casa (del euskera hablaré otro día, porque da para mucho más). Son detalles que siempre han estado ahí y que solo he valorado cuando han desaparecido.
Los estereotipos que resultan ser verdad
Desde fuera muchas cosas suenan a tópico. A cliché vasco. Pero cuando te alejas te das cuenta de que no son exageraciones. Son realidades. Si tanta gente habla de la cuadrilla, del poteo o del apego al pueblo, será por algo. Cuando el río suena, agua lleva. Simplemente lo tenía tan normalizado que nunca lo había mirado con atención.
Estar fuera me ha enseñado algo que considero importante: no todo es mejor en casa ni todo es peor fuera. Cada sitio tiene lo suyo, y quedarte comparando constantemente solo te amarga. Con el tiempo aprendí que la identidad se explica con conversaciones incomodas, en costumbres que hablando con alguien no familiarizado contigo tienes que traducir, en momentos que a priori parecen insignificantes…
Son casi tonterías del día a día como las que voy a mencionar a continuación que me han ido recordando que aunque viva lejos, sigo siendo del País Vasco.
Explicar qué es una cuadrilla
Intentar explicar una cuadrilla fuera es como traducir una palabra que no tiene equivalente. Sueltas un… “grupo de amigos”, pero se queda corto. Muy corto.
Mi cuadrilla, por lo menos para mí es mucho más que un grupo de amigos. Crece contigo. Son los mismos nombres desde hace años, las mismas caras en todas las fotos. Y cuando lo cuentas, te das cuenta de que en otros sitios las amistades se mueven más. Entras y sales. Nada es tan fijo. Es ahí cuando entendí que lo que tengo vale oro.
«¿Pero eso es España o no?»
Siempre llega esa pregunta. Porque no me ha pasado ni una, ni tres veces. En una cena, en una clase, en una conversación cualquiera. Te ríes, haces una broma, cambias de tema. O das una explicación rápida para no meterte en jardines. Porque en el fondo no te están preguntando por un mapa. Te están pidiendo que te posiciones.
Y de repente algo tan simple como decir de dónde eres se convierte en un debate.
Salir a potear
La primera vez dices ir a potear con naturalidad. Todos te miran raro, y contestas un… “bueno ir de cañas o a tomar algo”. Pero tampoco es lo mismo, no he tenido la sensación esa de estar dentro de un barullo de gente, de pié, entrar cinco minutos a un bar, cruzarte con otras personas, improvisar… No es lo mismo.
«No pareces vasco»
Cuando me lo han dicho ha sido casi como un cumplido. Y me dejaba pensando qué significaría eso… ¿Todos los vascos somos serios, secos, radicales? Obviamente no. Descubrí ahí que mucha gente tiene un pensamiento muy erroneo de lo que entienden por una persona vasca. Y que, sin querer te comparan con ella, como si solo hubiera una única forma de ser euskaldun.

Y con todas estas cosas y muchas más acabas echando de menos tu casa. Y aparece el tan sonado FOMO. Y no por las fechas apuntadas en el calendario, fiestas de Ordizi o grandes acontecimientos. Sino por los miércoles tontos de pintxopo, las cenas improvisadas, los pintxos mañaneros en el Olano. Esas cosas no se avisan con tiempo. Simplemente pasan. Y tú ya no estás para que te pillen.
Ha pasado ya medio año desde que terminó mi segundo año viviendo fuera de casa —porque los 4 años en Bilbo no los considero realmente irme— y ahora, de vuelta, entiendo algo que antes no veía tan claro: marcharme no me hacía menos vasco. Al contrario. Me hizo más consciente de que lo soy. Más consciente de que, esté donde esté, lo echaré de menos. Más consciente de lo que quiero conservar y de lo que no.
Algo muy subjetivo
Todo esto, al final, es mi experiencia. Y como tal, es subjetiva. Para eso escribo artículos de opinión. Antes de salir fuera no sentía esa identidad que a muchos otros se les nota casi sin esfuerzo. Incluso llegué a comprar, en parte, ese discurso de que “un vasco fuera vive con más libertad”. Pero salir y relacionarme con gente de otras comunidades no me hizo menos vasco. Al contrario, me hizo ser más consciente de lo que significa para mí.
Lejos de casa empecé a defender cosas que antes ni siquiera me planteaba. No desde el radicalismo ni la confrontación, sino desde la conciencia. Desde entender que nuestra forma de vivir, de relacionarnos, de entender el pueblo y la pertenencia es uno de los mayores tesoros que tenemos como vascos —y muchas veces no nos damos cuenta—. La frase “no sabes lo que tienes hasta que lo pierdes” puede sonar tópica, pero pocas veces he sentido una verdad tan clara.
No defiendo ser vasco por encima de nada. Pero sí lo defiendo como lo que es para mí: mi familia, mis amigos, el lugar que me ha formado. Y, al mismo tiempo, sigo sin identificarme con todo lo que históricamente o ideológicamente se ha asociado a esa identidad. Puede que ahí esté la clave.
Salir me ha ayudado separar el sentimiento de la etiqueta. Y más que alejarme, me ha hecho ser más honesto conmigo mismo.
Si has sobrevivido hasta aquí, eskerrik asko! Bienvenido a mi chusma selecta.
No seremos muchos…