Deporte
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Demasiado pronto

Unai Azkunaga Unai Azkunaga
  • Feb 2, 2026

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Siempre he pensado que el deporte sirve para algo más que entretener. Sirve para extrapolar lo que pasa dentro y llevarlo fuera, a la vida real, donde también existen la presión, las expectativas o los miedos. Por eso no hace falta que te guste el tenis para entender lo que pasó el pasado domingo. Carlos Alcaraz ganó el Open de Australia y alcanzó su séptimo Grand Slam (uno de los cuatro torneos más importantes del tenis) con solamente 22 años.

No era solo una final

Lo del domingo no fue solamente un título más. Ocurrió una de esas escenas que, mientras ocurren, ya sabes que vas a recordar dentro de unos años. Enfrente, Novak Djokovic, uno de los mejores de la historia. Y en la grada, presenciando el partido en directo, Rafael Nadal.

Durante más de quince años el tenis vivió una época en la que solo hubo tres reyes. Rafa, Djokovic y Federer. Tres jugadores dominándolo todo. Ganando casi todo. Alargando sus carreras más de lo que parecía normal o lógico. Como si el relevo generacional no existiera en este deporte.

Nos acostumbramos tanto a eso que llegamos a pensar que era lo normal. Que nadie volvería a acercarse a esas cifras.

Por eso lo de Carlos Alcaraz descoloca tanto.

Siete Grand Slams con 22 años no encajan en ningún proceso natural. No responden al ritmo lento que solemos asociar a la carrera de una leyenda, a ese “ya llegará”. Ha llegado antes. Mucho antes. Y si a eso le sumamos el nivel de Jannik Sinner, el escenario todavía es más difícil de imaginar.

La presión… ¿existe?

Es inevitable que cualquier narrativa como esta genere presión. Comparaciones, expectativas, artículos como este que proyectan carreras exitosas antes de tiempo. Pero si algo deja claro el murciano esta semana es que parece ajeno a ese peso.

En semifinales, cinco horas de partido. El cuerpo al límite. En la final, momentos y golpes decisivos, donde se supone que todo se encoge y, sin embargo, él sonriendo, gesticulando, incluso con esa actitud bromista hacia el público. No parece que se esté jugando algo del nivel de todo lo que está consiguiendo a su corta edad. Entiende la importancia, pero no deja que la presión lo supere. Y eso, en un deporte donde muchas veces se juega más en la cabeza que en la raqueta, puede ser diferencial.

Y supongo que por eso me gusta tanto el deporte. Porque, de vez en cuando, te regala momentos así. Momentos en los que sientes que estás viendo algo que se te escapa un poco de las manos, algo que todavía no tiene nombre. Ayer fue uno de esos.

Y en el centro de todo, Carlitos.

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